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Güebona bitácora más que peich...

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 22

Cuando estaba lo suficientemente lejos paré un momento para contemplar el amanecer. Los Salvajes supervivientes habrían salido corriendo hacía sus guaridas, así que pude quedarme con relativa tranquilidad admirando el indómito despertar del día. Tenía una pierna rota, unas costillas fracturadas, varios huesos de las manos y quien sabe que daños en órganos internos. Nunca había recibido un castigo tan severo y estaba seguro de que iba a morir. La verdad es que descubrí que realmente no me importaba demasiado. No tenía nada en la vida que me llenase. El misterio que rodeaba a la nueva situación mundo había sido mi motor durante mucho tiempo, pero ya sabía lo suficiente como para que aquello no fuera lo que me alentase todos los días. Morir aquí, apoyado en está piedra mientras los rayos del sol inundan mi cara me parece una buena forma de morir. Me acomodo un poco más, mientras oigo mi trabajosa respiración, pitando por tener perforado un pulmón.

Una forma oscura sale delante de mí y me tapa el sol. Un lobo. Morir devorado no es la mejor forma de morir, pero al menos no me dolerá. El lobo se me queda mirando y le reconozco. Es el lobo con el que me enfrenté en el avión. Parece que se va a cobrar su venganza. Oigo ruido detrás de mí. Seguramente la manada. En ese momento todo se vuelve negro, pero en las sombras creo sentir unas manos encima.
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