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Güebona bitácora más que peich...

Un Día Cualquiera -- Capítulo 28

Me levanté al mismo tiempo que intentaba aflojar las cuerdas de mis muñecas. Paré al ver que cerca de donde montaba guardia el hombre estaba mi equipo. Rápidamente me dirigí allí y, aunque no estaban mis armas, recuperé la navaja que tenía en uno de los bolsillos exteriores de la mochila. Escuchaba discutir en el pasillo, y unos pasos acelerados que se acercaban. Opté por esconderme la navaja como pude y volver a mi sitio. Vi pasar un par de sombras por el pasillo, una de las cuales (el hombre del machete) gritó una orden al hombre gordo, que volvió a la habitación donde me encontraba para seguir vigilándome. Varias ideas de fuga asaltaron mi mente, pero las deseché casi de inmediato. Tenía entre mis manos la vía de escape, y sólo era cuestión de tiempo el aprovecharlo.

 

Al volver los dos hombres que habían salido a investigar los presuntos ruidos discutieron en voz baja con el hombre gordo, reprendiéndole. De vez en cuando me miraban con cara de odio, pero no se acercaron en ningún momento ni me dijeron palabra alguna. Cuando por fin se fueron me volví a quedar sólo con el hombre gordo, que se acerca hacia mi y me golpeó un par de veces, mientras decía que no volviese a hablar. Después se tranquilizó y, sentándose en el otro extremo de la habitación, acabó toda la guardia con sus ojos clavados en mí. Cuando llegó el relevo, que resulto ser la mujer de la pistola, aproveché un momento que no me miraban para abrir ligeramente la navaja y, arrastrándola hacia el interior de las cuerdas para que no se viese, dispuse la hoja de tal manera que pudiese empezar a rasgar las cuerdas.

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