Blogia
Güebona bitácora más que peich...

El Serial

Más allá de la encrucijada -- Capítulo 0

¿Donde voy ahora? Llevo huyendo más de un año, desde que empezó esto, mientras me persigue un loco intentando matarme. Este mundo es loco y caótico, y no se como salir de esta maldita pesadilla. Desde que se abrió la grieta y mi capitán mando que cogiese mi equipo y fuésemos a investigar como punta de lanza del ejército la cosa ha ido de mal en peor. Cuando llegamos al otro lado nos encontramos con el infierno y sus habitantes. Los demonios nos atraparon y empezaron a torturarnos vilmente. Malditos sean, malditos sean todos. Por suerte pudimos escapar cuando su brujería falló y se volvió contra ellos. Huimos hacia sus montañas, pero no pudimos escapar de ellos, que nos siguieron y nos fueron matando de uno en uno.

 

Ahora estoy sola, jugando al gato y al ratón con el único superviviente del grupo que mató a mis soldados. No se cuanto puedo aguantar, aunque he conseguido armas de este mundo, más eficaces que las del mío, y al menos se ha nivelado un poco más las cosas y por suerte, los horrores de este mundo han acabado con el resto de asesinos. Pero el que me persigue es implacable. Y ahora me tiene encerrada, dentro de este maldito edificio, apostado en una repisa donde no tengo ángulo de tiro, pero desde la cual me puede disparar nada más verme. Maldita sea, no se como voy a salir de esta.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 27

Asimilaba todo lo que estaba contando acerca de como había vivido el principio de todo, mezclándose en mi interior sensaciones que iban desde el miedo a la incredulidad. Todos los supervivientes del incidente habíamos vivido historias terribles, pero aquel hombre había vivido más que cualquiera de nosotros. Su tono de voz era monocorde, sin atisbos de emoción, aunque su rictus se torcía y sus ojos se desviaban cuando recordaba el momento de la horrible muerte de Edgar o la ceremonia infernal infestada de muertos vivientes. Cuando acabó su relato se quedó en silencio, para al rato preguntarme sobre mi propia historia. Empecé a contarla a trompicones, desde antes de que sucediese el accidente de avión, contando detalles de mi vida que tampoco veían a cuento: cosas sobre mi vida personal, sobre mi ascenso... finalmente, cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, reconduje la conversación a lo que había vivido después del accidente.

 

Empecé contándolo todo lo relacionado con mi recuperación en la enfermería de la instalación militar subterránea y como conocí a algunos miembros del campamento que él había conocido. Noté como sus ojos se avivaban cuando contaba como nos trataron en la reunión donde casi nos mandan matar y cómo acabé descubriendo que todo había ocurrido a raíz de un experimento con fines militares, fines que, cómo le dije cuando me preguntó, se me escapaban. Lo único que sabía era que algo había salido mal y según lo contado por el jefe del proyecto Nexus, el profesor Kristoff, varias realidades o dimensiones se habían realineado con la nuestra, colisionando y creando una nueva realidad que era en la que estábamos. Seguí contando como de repente nos atacaron por sorpresa los Salvajes y como tuvimos que salir del bunker, no sin pocas víctimas, pero el ya no me atendía. Estaba asimilando la información del experimento fallido. De repente dijo "debo recuperarme, alguien nos debe una explicación", se levantó y se fue hacia dentro de la caverna.

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 26

Al girar el corredor de roca me encontré de cara con Angie y nos quedamos un rato mirándonos. No se que le pasaba a ella por la cabeza, pero a juzgar por su expresión perpleja no debía esperar que me recuperase tan pronto. Yo, por mi parte, debía tener una expresión parecida. Desde luego, entre todos mis posibles salvadores no esperaba ser rescatado por aquella estirada inglesa con la que no había cruzado una sola palabra en mi estancia en el maldito campamento. Desde luego, en la escaramuza de los Salvajes había demostrado tener más redaños que muchos de sus compañeros, pero ¿salir sola en pos de alguien como yo? En fin, la vida me seguía dando sorpresas. Unas dudas más apremiantes asaltaron mi mente y fue lo primero que salió de mi boca:

 

 -¿Cómo has conseguido traerme aquí? ¿Y cómo sabías cual era mi refugio? .- Está última la dije con un tono más amenazador del que quería. Ella dudó durante un breve lapso de tiempo y me preguntó si no me acordaba. Al negar con la cabeza me contó como había salido a buscarme y como había seguido al lobo hasta donde yacía malherido. Tras examinar toscamente mis heridas intentó levantarme un par de veces, hasta que parece ser que recuperé levemente la consciencia y gracias a eso había conseguido levantarme y, según sus propias palabras, arrastrarme siguiendo al lobo hasta la caverna. Luego se entretuvo, más animadamente, a contar como había subido escalando para, una vez arriba, lanzar la cuerda y así poder alzarme gracias a la polea hasta la parte de arriba. Mientras me contaba todo señalaba cosas como la plataforma que usaba para alzar cosas y que usó para alzarme, y yo me dirigí hacia la salida y observé la nada despreciable escalada que había realizado ayudada sólo de sus manos. Más tarde sabría que en sus ratos libres a Angie le gustaban los deportes de riesgo y la escalada en particular, pero entonces me impresionó lo que había hecho para salvarme la vida. Cuando acabó su relato del rescate, y con el lobo sentado en la entrada de la caverna, pues me había seguido, le dije que se sentará y, después de haberle dado las gracias, le empecé a relatar, no se muy bien por que, todos mi verdad e historia, desde mi verdadero nombre (le conté que Niemand significaba Nadie en alemán, como el Nemo de Julio Verne) hasta todo lo que me había pasado desde aquel día que no encontraba a nadie por la calle, poniendo especial hincapié en el asunto de Edgar, el mordisco del zombi, la mujer negra, el francotirador y los sacrificios. Ella asimilaba mi historia bastante bien, aunque en muchos momentos aterrada al imaginarse la situación. Cuando acabé cenamos en silencio, para proseguir con la historia de ella...

 

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 25

Desperté en una cueva. Miré alrededor y me di cuenta de que era  mi cueva. Fui a levantarme, pero me lo pensé mejor y me fijé en mi cuerpo. Estaba desnudo y lleno de magulladuras y vendas. Alguien me había traído hasta aquí y me había vendado, aunque no de forma demasiado profesional. Tampoco importaba, por suerte después del incidente era insensible al dolor y además había descubierto que me curaba más deprisa. También había descubierto que mi fuerza había aumentado casi a un nivel sobrehumano y además poco a poco iba aumentando, al mismo tiempo que mis músculos se endurecían. No podía saberlo, pero creía que de alguna forma aquello que casi me mató en la saliva del zombi había interactuado de alguna forma con mi cuerpo, probablemente a nivel genético incluso, haciendo que mis tejidos se regenerasen más rápido y generando fibras musculares cada vez más densas, aunque visualmente mi masa muscular no había variado significativamente. Desde luego, si este proceso se daba también en los muertos vivientes la próxima vez que me encontrase con uno iba a estar en serios aprietos, aunque, al menos hasta donde sabía gracias a mis visitas al pueblo, los muertos necesitaban comer algo vivo para mantenerse activos, apagándose poco a poco si no conseguían su alimento.

Me levanté sin demasiado esfuerzo y comprobé que ya no respiraba con dificultad. Cogí ropa del arcón que usaba como armario y me vestí sólo con unos pantalones. En la estancia estaban mis armas y, aunque desconfiaba de todo y de todos, decidí no coger ninguna. Quien me hubiese salvado no sería enemigo si me había dejado con mis armas... ¿o sí? Deseché todos mis pensamientos paranoicos y salí de la recámara de la caverna hacia la parte principal. Al salir observé que todo estaba en su sitio con la excepción de un gran lobo echado en el medio del pasillo que llevaba al exterior, lobo que ya había visto y al que me había enfrentado. Sin embargo, ahora parecía tranquilo, y se confirmó mi percepción cuando no hizo ningún tipo de ademán de atacarme. Así que pasé por su lado y me dirigí hacia el exterior...

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 24

El sonido de una rama al quebrarse me sacó del ensimismamiento. Dirigí mi vista hacia el ruido y vi, encima de un pequeño promontorio, a un lobo que me observaba. Sentí que mis piernas se quebraban y empecé a sollozar, esperando que el lobo me atacase. Pero no hizo nada de lo que me esperaba. En lugar de eso, sólo se quedó observándome. Al cabo de un tiempo que se me antojó eterno, el lobo se dio la vuelta y se fue rápidamente. No se que me pasó ni porque lo hice, pero salí detrás de él.

Estaba cansada de correr, pero tenía la certeza de que el lobo me estaba conduciendo a algún lado. De repente vi al lobo parado detrás de una piedra, mirando hacia ella. Me paré un momento y vi como me miraba y luego se apartaba, quedándose a una distancia prudencial de la roca. Tras unos segundos, me acerqué con precaución hacia la roca, descubriendo que detrás de la roca había alguien agonizante a juzgar por el sonido de su respiración. Cuando acabé de rodear la roca me quedé petrificada. Ahí, tumbado en el lecho de roca, estaba Niemand. Con incontables contusiones y heridas, sólo me dirigió una mirada perdida antes de desmayarse. Todo el halo sobrenatural que le acompañaba siempre caía en pedazos al estar en ese estado de indefensión. Tenía que sacarle de allí antes de que viniesen más lobos o cosas peores. Intenté levantarle, pero al ser un peso muerto no pude apenas moverle. Lo volví a intentar, pero sólo conseguí desequilíbrame y estuve a punto de caerme encima de él. Mientras, el lobo observaba mis intentos a una distancia prudencial, pero no parecía nervioso o con ganas de atacarnos. ¿Cómo lograría sacarle de allí?

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 23

La sensación que se palpaba en el aire era una mezcla entre alegría y tristeza. Alegría porque habíamos sobrevivido casi todos; tristeza por no haberlo conseguido todos. Estaba ayudando en las tareas de reparar la empalizada y, al mismo tiempo, vigilaba para que nadie nos atacase por sorpresa. Desde luego, después de la huída de los Salvajes no creía que volviesen en mucho tiempo. Me acordaba como había venido nuestro salvador y, sobretodo, de como se había ido, malherido. A pesar del halo sobrenatural del que se rodeaba, seguramente ya habría caído. Entonces tomé una decisión, me levanté y salí del campamento en pos de aquel héroe, con paso vacilante al principio pero firme conforme me alejaba.

 

No sabía hacia donde encaminarme, pero continúe mi camino hasta llegar a la parte más profunda del bosque. Antes de darme cuenta, estaba perdida en un lugar que se me antojaba lleno de Salvajes huidos. Desde luego, adentrarme sola allí no había sido mi mejor idea. Empecé a correr, no se durante cuanto tiempo, hasta que me tope con los restos del avión donde me estrellé.

 

Ahí estaba, con un aspecto de espeluznante irrealidad que hacía que todo mi vello ser erizase. No lo había visto desde que nos estrellamos. Un torrente de recuerdos invadió mi mente, recuerdos horribles de muerte y llamas. Tan ensimismada estaba que no me di cuenta de que me observaban....

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 22

Cuando estaba lo suficientemente lejos paré un momento para contemplar el amanecer. Los Salvajes supervivientes habrían salido corriendo hacía sus guaridas, así que pude quedarme con relativa tranquilidad admirando el indómito despertar del día. Tenía una pierna rota, unas costillas fracturadas, varios huesos de las manos y quien sabe que daños en órganos internos. Nunca había recibido un castigo tan severo y estaba seguro de que iba a morir. La verdad es que descubrí que realmente no me importaba demasiado. No tenía nada en la vida que me llenase. El misterio que rodeaba a la nueva situación mundo había sido mi motor durante mucho tiempo, pero ya sabía lo suficiente como para que aquello no fuera lo que me alentase todos los días. Morir aquí, apoyado en está piedra mientras los rayos del sol inundan mi cara me parece una buena forma de morir. Me acomodo un poco más, mientras oigo mi trabajosa respiración, pitando por tener perforado un pulmón.

Una forma oscura sale delante de mí y me tapa el sol. Un lobo. Morir devorado no es la mejor forma de morir, pero al menos no me dolerá. El lobo se me queda mirando y le reconozco. Es el lobo con el que me enfrenté en el avión. Parece que se va a cobrar su venganza. Oigo ruido detrás de mí. Seguramente la manada. En ese momento todo se vuelve negro, pero en las sombras creo sentir unas manos encima.

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 21

No podía dejarme matar. No ahora. Había gente que salvar. Con ese pensamiento, me revolví como pude y lancé patadas, haciendo retroceder a los salvajes, que no se esperaban esa reacción, lo suficiente como para poder levantarme. Noté que mi pierna derecha tenía dificultades para tenerme en pie, pero no le hice caso y esperé a que hiciesen su movimiento. El primer salvaje se lanzó con el garrote por encima de su cabeza, mientras el segundo llevo sus brazos atrás para dar el golpe lateralmente desde la izquierda. Tenía mi movimiento claro, así que esperé hasta el último segundo y me aparté lanzándome hacia la izquierda. El garrote siguió la trayectoria y golpeo el aire, mientras el primer salvaje golpeaba hacia abajo y lo único que se encontró fue el garrote de su compañero, que le golpeó con fuerza su brazo derecho. Antes de que pudiese reaccionar, le acuchillé el cuello varias veces. El salvaje se llevó las manos al cuello, pero ya era tarde. El segundo salvaje vio la escena y, consciente sin duda de que su error le había costado la vida a su compañero, se lanzó hacia mi, tan enfurecido y rápido que no me dio tiempo a reaccionar y los dos caímos llevados por su ímpetu. Pero no me había desarmado, así que liberé mi mano y mientras el intentaba morderme y estrangularme, yo le acuchillé repetidas veces el hígado y los riñones, hasta que su vida se apagó de sus ojos, desplomándose encima. Lo aparté y me levanté, lleno de sangre y con varios huesos rotos, preparado para el siguiente combate. Pero el combate había acabado. Los pocos salvajes supervivientes estaban huyendo hacia el bosque. Miré hacia el campamento y vi a varios refugiados de pie y tumbados, todos heridos, algunos graves y alguno muerto. No había miedo en sus caras; había orgullo. Habían luchado contra un enemigo más numeroso y habían vencido. Se habían probado que merecían vivir. Los miré a la cara a todos, a John, a Quentin, a Vanessa, a Angie... me quedé mirándola y ella sonrió. No se por que, pero le devolví la sonrisa, saludé con un gesto desganado al resto del campamento y, girando sobre mis talones como pude, me fui cojeando.

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 20

Uno tras otro, los salvajes caían ante mí, aunque pagaba un castigo importante. Los garrotes subían y bajaban golpeándome sin piedad en todo el cuerpo. Probablemente tenía algún hueso roto, pero me daba igual. El ataque zombi que casi me mató hacía ya tanto tiempo me hizo inmune al dolor y al cansancio, así que podía aguantar cualquier herida, por dolorosa que fuese, sin el más mínimo signo de dolor. Aun así, intentaba minimizar el castigo que recibía, ya que seguía siendo mortal. Por el rabillo del ojo veía a los refugiados combatiendo junto a mi, defendiendo su vida con uñas y dientes. Probablemente todos muriésemos antes de ver el amanecer, pero nuestra muerte le saldría cara a los salvajes.

Un garrote golpeó mi hombro derecho lateralmente y un fuerte chasquido del mismo. Intenté cogerle el garrote, pero mi brazo derecho no respondió a la orden de alzarse. Colgaba inerte como un trapo en mi costado. El golpe había roto o sacado el hombro. No me entretuve mucho con ese percance, ya que el salvaje me golpeó otra vez, esta vez en la cabeza. Pero no llegó a impactar, ya que esquivé el golpe agachándome para luego levantarme de un salto y pegándole una patada en el salto que le golpeó en la mandíbula, con tanta buena fortuna que se cortó la lengua y empezó a sangrar como un cerdo, medio grogui. Privado de un brazo y desequilibrado, en lugar de caer de pie después de ejecutar la maniobra caí al suelo. Intenté levantarme, pero antes de darme cuenta tenía a otros dos salvajes encima, golpeándome con garrotes. Noté crujidos por todo mi cuerpo. Me estaban matando y no podía defenderme.

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 19

El corazón se me salía del pecho cuando le vi cargar con un grito hacia los salvajes, volteando el garrote por encima de su cabeza. Los salvajes reaccionaron cargando también con gritos desordenados. Aunque lo más sorprendente fue cuando vi a algunos refugiados, hombres y mujeres que hasta ese momento habían aceptado morir, cargando y gritando tras aquel asesino, sucio y violento. Entonces, mientras el primer salvaje caía al encontrarse con un garrotazo que le hizo volar dos metros. Recibió un par de golpes, pero avanzaba a través de los salvajes como una perfecta máquina. Los primeros refugiados llegaron a la altura de la batalla y empezaron a luchar como nunca habían luchado hasta ese momento. Y me vi a mi misma corriendo y gritando hacia un salvaje, armada con un machete y lanzando machetazos a diestro y siniestro. Me hirieron en varias ocasiones pero no me importaba. Vi caer a unos cuantos refugiados, pero vi caer a más salvajes. Aun así, no parecía que acabase nunca la batalla. De repente un salvaje apareció de la nada por un lado y se abalanzó encima mío, con tanta fuerza que nos hizo caer a los dos y me dejó desarmada. Por suerte, Quentin me había seguido en la carga y, cogiendo al salvaje por la espalda, lo apartó de mí. Alargué mi mano hacia el machete, lo aferré y asesté una estocada al salvaje en la parte baja del estómago, cortando hacia la derecha con un rápido movimiento que dejó al colgando sus vísceras. Torcí el gesto con repulsión, pero no dudé y continué cortando hasta que el salvaje perdió fuerza y Quentin pudo soltarle. Giré sobre mi misma y vi como se desarrollaba la batalla. Juan estaba en el suelo, con un brazo que parecía roto, pero Vanesa, Carlos y Jim le rodeaban y se enfrentaban a cinco salvajes. Más allá veía a Leroy y Jenny, dando buena cuenta de un salvaje. Pero en cabeza seguía él, luchando contra cuatro salvajes. Estaba lleno de heridas y magulladuras, aguantando y luchando por su vida. Un golpe por detrás, que a cualquiera le hubiese hecho doblarse de dolor, el lo aguantó estoicamente, se giró y, cogiendo con una mano el brazo derecho del salvaje y con la otra el cuello, tiró del brazo con tal fuerza que se lo desencajó del sitio. Otro salvaje le golpeó la cabeza, pero tampoco pareció sentirlo y, antes de que pudiese volver a repetir el golpe, el salvaje estaba caído con el cuello roto. Dios, ¿de qué estaba hecho ese hombre?

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 18

Me miró con aquellos malditos ojos, apenas un segundo, pero fue suficiente para acobardarme. ¡Maldito seas! ¡Sí, soy culpable, hijo de puta!. En toda mi vida como soldado, sólo había otro hombre que era capaz de acobardame como aquel, y ese había sido mi padre. Me había despreciado en mi niñez, ocupado más en su carrera militar que en su familia. Y yo, buscando su aprobación, hice carrera militar también. Aun así, y aunque había conseguido ser el mejor de mi promoción, seguía despreciándome, ya que no había luchado en ninguna guerra. Cuando por fin me hice con el mando del mayor proyecto científico de la historia, mi padre estaba demasiado enfermo como para alegrarse o, lo que es más probable, despreciar donde había llegado. Aunque a lo mejor me hubiese aconsejado que no hiciesemos aquello. ¿Cómo iba a imaginar que acabaría así? Miré a Ana, con nuestro hijo en sus entrañas. Y me sentí como siempre, como una mierda. El hombre no debe jugar a ser dios. Y ahí estaba él, para recordarme lo que había permitido, lo que había hecho, lo que era. Él, siempre con ese aire de superioridad, a pesar de no ser más que un mísero asesino. Da igual que, a posteriori, me enterase de porque Kev y George habían sido sus víctimas. Debería habermelo dicho y hubiesemos llegado a algun acuerdo. Pero no, prefirió tomarse la justicia por su mano. Le odiaba por eso, por tomar decisiones sin tenerme en cuenta, por menospreciarme. Mi único consuelo era que moriría como el resto de nosotros bajo los garrotes de los salvajes. De repente gritó y vi como se lanzaba hacia los salvajes...
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 17

Ahí estaba yo. Sólo ante el peligro. En otro momento hubiese huido o, simplemente, ni se me hubiera ocurrido estar aquí. Pero estaba harto. Harto del campamento, harto de los salvajes, harto de esta lucha sinsentido, harto del mundo. Notaba como la furia subía desde mis entrañas y me pedía sangre fresca. Necesitaba descargar todo lo que llevaba dentro y lo iba ha hacer. Ya no me importaba exterminar a toda la maldita raza de salvajes. Aunque aun podía huir. Miré a los salvajes y vi que estaban como hipnotizados mirándome, sopesando mi fuerza. Observé después a los supervivientes del campamento. Se les veía temblorosos, mirando alternativamente a los salvajes que acababan de entrar y a mi. La mayoría de las miradas dirigidas a mi eran una mezcla de odio y miedo, y las restantes sólo tenían duda y miedo. No merecían el esfuerzo. Malditos locos culpables de todo. Escupí al suelo, sonreí y me dispuse a girarme. En ese momento crucé por segunda vez mi mirada con Angie. Su cara llena de pecas estaba manchada de sangre y sus ojos verdes estaban clavados en los míos. Durante mi estancia en el campamento era una de las que me evitaba por miedo; otros simplemente me despreciaban. Pero esta vez no encontré miedo o desprecio. Sabía que ella no era culpable de nada; no estaba entre los que hicieron esto al mundo. Tampoco me importaba demasiado que fuese o no culpable, eso no iba ha hacer que moviese un dedo por salvarla. Fue su mirada, llena de suplica, el mismo tipo de mirada que tuvo Edgard cuando cayó presa de los zombis, hacia ya tanto tiempo. En ese momento la poca humanidad que me quedaba se revolvió, y me impuso la tarea de salvarla a ella y a los que pudiese. No vería el amanecer, pero me llevaría a todas aquellas aberraciones conmigo. Con un grito de rabia que resonó en el valle, me lancé hacia los salvajes...

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 16

De improviso, las imágenes de mi vida se cortaron cuando le vi. Sólo le había visto una vez así, y eso había sido hacia... ¿un año?. Desvió el golpe mortal dirigido a mi cabeza cogiéndole el brazo con su mano desnuda, una mano que anteriormente empuñaba un cuchillo, cuchillo que ahora atravesaba el cuello del salvaje. Entonces me miró directamente a los ojos durante una fracción de segundo, con esa mirada que te atravesaba el alma. No reaccioné, y sólo pude seguir observando como el giraba sobre si mismo hacia la izquierda y alarga el brazo armado con un garrote. Cuando acabó el giró la cabeza de uno de los salvajes que atacaban a Quentin estalló llenando de sangre y sesos a todo lo que había alrededor, a mi incluida. Escuché a Quentin gritar y me giré hacia el. Estaba caído hecho un ovillo y un salvaje estaba golpeándole en la espalda. Pero el golpeo duró poco, ya que el salvaje de repente se encontró volando, lanzado por nuestro salvador hacia el par de salvajes que se enfrentaban a John y Ana. Frente a nosotros sólo quedaba uno, pero estaba en el suelo malherido por Quentin, así que el pasó por su lado corriendo hacia los salvajes que acababa de derribar. Lanzó una fuerte patada hacia uno de ellos, rompiendo su mandíbula mientras se intentaba levantar; y sin bajar la pierna la lanzó lateralmente golpeando las costillas de otro. Entonces hizo algo que no esperaba. Cogió al que había lanzado antes, aun aturdido, lo levantó sobre su cabeza y lo bajó sobre sus hombros, con tanta fuerza que le rompió la espalda. Después lo lanzó como un si fuese un muñeco de trapo. Miré hacia los lados y vi que los salvajes habían entrado en el campamento. Pero no avanzaban. Todos en el campamento estaban parados, mirando la demostración de fuerza y destreza de aquel hombre. El, por su parte, miraba a los salvajes y a nosotros. Estaba sonriendo.

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 15

Desperté en una habitación blanca sin ventanas. Estaba encima de una cama de hospital y me dolía todo el cuerpo. Levanté mi brazo izquierdo y noté una punzada de dolor que me recorría el cuerpo. También vi que tenía enganchada una aguja en el brazo con un tubo que llevaba a un goteo. Intenté levantarme, pero el dolor fue tan intenso que caí de nuevo en la cama, exhausta. Al cabo de unos minutos, entró una chica en la sala y me preguntó acerca de mi estado. Después de contestarle y que se presentase como Ana, me contó que era una de las pocas supervivientes del avión y que tenía suerte, que sólo me había roto una costilla. Cuando le pregunté acerca de donde estábamos me dijo que en un lugar seguro. Por la forma en como dijo lo de lugar seguro, le pregunté que de qué tenía que estar seguro. Ana se puso visiblemente nerviosa, musitó algo y salió de la habitación. Durante mi convalecencia no volví a sacar el tema, y a las dos semanas me dejaron salir de la habitación. Iba acompañada por Ana y por un médico, Kristoff, un hombre con aspecto de anciano venerable pero con una gran fuerza en sus movimientos y en sus palabras.

El pasillo no era el de un hospital. Tenía un aspecto parecido, pero los pasillos eran demasiado estrechos y de vez en cuando nos cruzábamos con otras personas con aspecto de doctores y con militares. Algo no iba bien, pero entonces no podía ni imaginar cómo iba de mal todo. Llegué hasta una puerta de metal con una cerradura de tarjeta, pero no pasaron ninguna, sólo se acercó Ana y empujó, abriéndose con un ligero chirrido. Dentro había un grupo de personas discutiendo, algunos vestidos de civil y otros de militar. En la sala, apartados, había otro grupo lleno de heridos. Los reconocí como parte del pasaje que iba conmigo en el avión. Ana me señaló el grupo y me dijo que fuese con ellos. Aquello no pintaba nada bien…

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 14

Me enfrentaba a mi muerte. Eran dos y eran más fuertes. ¿Cómo habíamos llegado a esta situación? Un violento garrotazo me desarmó, y otro me golpeó en la cabeza, tirándome al suelo. Miré hacia mi agresor y le vi con el garrote levantado, a punto de asestar el golpe mortal. En ese momento, mi mente volvió al día en que empezó todo.

Iba en sentada en el avión, dormitando como siempre hacia cuando viajaba. Volvía a mi país después de un viaje de negocios bastante infructuoso y frustrante. Desde que había ascendido a directora comercial, hacia menos de un mes, no había conseguido cerrar ningún trato. Los que me criticaban a mis espaldas cada vez estaban más crecidos. Muchos se opusieron a mi ascenso debido tanto a mi sexo como a mi edad. Creían que una mujer y encima menor de 40 años no sería capaz de desempeñar un cargo tan importante en la corporación. Muchos decían que había sido debido a que había tenido una relación con el vicepresidente. Aquello no era verdad; era muy amiga de William pero el hecho de que fuese gay hacia imposible ningún tipo de relación. Aun así, era consciente que el hecho de ser su amiga pesó para mi nombramiento. Por eso tenía que probarme a mí y al resto que valía para el cargo. Había trabajado realmente duro para llegar, mis pocas y fallidas relaciones amorosas así lo atestiguaban. Pero todo se empezaba a desmoronar con el nuevo fracaso. Súbitamente una turbulencia hizo volar a casi todo el pasaje de sus asientos. Por suerte, debido a mi miedo a volar siempre iba atada con el cinturón, pero aunque no me vi proyectada como el resto de pasajeros, el golpeo me dolió. Los pasajeros estaban bastante maltrechos y sólo yo me di cuenta de que el avión había entrado en barrena, precipitándose hacia el suelo. Miré hacia la ventana y una luz purpúrea me deslumbró, haciéndome apartar la mirada mientras notaba como el piloto intentaba enderezar el aparato, antes de caer inconsciente al golpearme algo en la cabeza.

Al despertar lo primero que percibí fue un fuerte olor a quemado. Abrí el cinturón y me levanté, y al hacerlo fui consciente del alcance de mis heridas. Estaba llena de múltiples cortes superficiales, y me dolían las costillas. El hecho de que me costase respirar me hizo suponer que tenía alguna rota. Avancé aturdida a través del pasillo, pasando por encima de los cadáveres y de algún moribundo. Me gustaría pensar que no ayudé a nadie debido a mi aturdimiento o a mi instinto de supervivencia, pero la verdad es que en aquel momento sólo me importaba mi vida y la de nadie más. Conseguí salir del avión y me di cuenta de que era de noche. Tropecé, cayendo al suelo semiinconsciente, y antes de perder el conocimiento vi como alguien salía del bosque y se acercaba a mí…

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 13

Observé como el salvaje alzaba su garrote y se lanzaba a por mí. Finté a mi adversario haciéndole creer que iba a ir hacia su lado izquierdo, y mientras se recuperaba le acuchillé el costado un par de veces, haciéndole cortes superficiales en las costillas. El salvaje giró hacia mi nueva posición rápidamente y le volví a acuchillar, está vez en la cara. El cuchillo se quedó alojado en su mejilla, lo solté y giré sobre mi mismo como una peonza hacia la izquierda mientras bajaba mi cuerpo y proyectaba mi pierna derecha, golpeándole en el talón derecho y haciéndole caer. Al acabar el giró salté hacia él, flexionando mis piernas al máximo y soltándolas con toda mi fuerza sobre su pecho. Este se hundió con un horrible crujido, lo que le supuso la muerte instantánea. Me aparté de mi adversario y miré hacia el campamento. Alguno de los arqueros supervivientes me había reconocido, aunque no me dijeron nada. Supongo que en momentos críticos cualquier ayuda es bien recibida, aunque sea de un enemigo. Mientras me agachaba para recuperar mi cuchillo, seguí observando como estaba la situación. Las puertas estaban a punto de reventar por las embestidas de los salvajes y por los agujeros asomaban aquellos malditos seres. Me acerqué al grupo de arqueros y les dije que siguiesen lanzando flechas al otro lado de la empalizada, pero no reaccionaron, así que me agaché y recogí un arco de uno de los muertos. Saqué una flecha de la aljaba, la dispuse en el arco, apuntando a un salvaje que asomaba por un agujero en la puerta y disparé. La flecha dio en el blanco aunque no mortalmente, maldiciéndome por no haber practicado más en el bosque. Pero mi acción consiguió hacer reaccionar a los supervivientes, preparándose de nuevo para disparar. No me quedé a ver como disparaban, pues ya tenía nuevos objetivos a mi vista. Un grupito se había colado trepando por el otro lado del campamento y atacaban al grupo que comandaba la defensa. John intentaba proteger a Ana de uno de ellos, mientras Quentin y Angie se enfrentaban a otros cuatro. Con media sonrisa, corrí hacia allí…

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 12

Mientras veía como atacaban me seguía preguntando como debía actuar. El instinto de supervivencia insistía para que me fuese, pero realmente quería ayudar, aunque no sabía como. Un salvaje acababa de trepar la empalizada y, antes de llegar al otro lado, caía con una flecha atravesándole la cabeza. Otro había conseguido subir y entrar en el campamento, enarbolando un garrote mientras atacaba a un grupo de arqueros. Estos le lanzaron unas cuantas flechas, pero sólo le alcanzaron un par y ninguna con gravedad. El salvaje lanzó su garrote contra el primer arquero, que interpuso torpemente el arco entre el y su atacante, estallando en mil pedazos al ser golpeado brutalmente por el garrote, aunque al menos consiguió desviar el golpe. Decidí que ya había visto bastante y me levanté con la idea de ir hacia el campamento.

 

No iba a poder ayudarles a vencer a los salvajes, pero al menos intentaría sacar a los que pudiese de la trampa mortal que suponía ahora el campamento. Me dirigí hacía el lado derecho del campamento, donde actualmente había menos salvajes, que estaban demasiado ocupados gritando y atacando como para mirar hacia atrás o escucharme. Llegué hasta detrás de los salvajes y, sacando el cuchillo, cogí al que tenía mas cerca por detrás y le abrí una segunda boca en el cuello antes de que pudiese siquiera actuar. Recogí el garrote que llevaba el muerto y, enarbolándolo con mi mano derecha sobre mi cabeza, descargué un golpe a otro desprevenido salvaje, hundiéndole su amorfa cabeza. Cuando cayó al suelo un par de salvajes se dieron cuenta de que les estaban atacando por la retaguardia, aunque no tuvieron tiempo a dar la voz de alarma. Con mi mano derecha golpeé al salvaje que tenía al alcance en la cara, mientras lanzaba el cuchillo con mi mano izquierda al salvaje más alejado. El cuchillo se clavó en su pecho, aunque sin matarle. De una zancada acorté la distancia que nos separaba y, mientras pasaba a su lado, mi mano recuperó el cuchillo, saliendo de su pecho fácilmente entre borbotones de sangre. Entonces empecé una danza mortal, girando a través de los salvajes lanzando golpes y cortes conforme avanzaba, sin importarme demasiado si me herían o no. Por suerte para mi, apenas tuve un par de alcances en los brazos, mientras ellos, sorprendidos tanto por mi aparición como por mi maniobra, se habían llevado la peor parte. Cuando llegué al lado de la empalizada solté el garrote y salté, asombrándome, como hacía siempre después de mi “enfermedad” ante mis capacidades, cuando llegué con las manos a agarrarme a la parte superior de la empalizada. Tensé los músculos de mis brazos y, haciendo un esfuerzo, me impulsé para pasar por encima de la valla, con tanta fuerza que caí dos metros alejado del muro dentro del campamento, cerca del salvaje que había entrado antes que yo. Me alcé lentamente y….

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 11

Era el momento de darse la vuelta e irse a mi refugio, cuando acabasen de pasar por mi lado. Al cabo de unos segundos dejaron de pasar y vi que debían ser al menos cien, sin duda una masacre. Miré hacia el campamento una última vez y vi como empezaban a salir de las cabañas, alterados por lo que oían decir a los vigías, aunque sobretodo, imaginaba, de los gritos proferidos por los salvajes. Se que tenía que irme, pero lo único hacía era quedarme allí quieto, observando todo, con una macabra fascinación.

 

El primer ataque fue repelido sobretodo gracias a la recia empalizada que rodeaba al campamento, impidiendo que los salvajes entrasen dentro. Un grupo de flechas salido desde dentro hirieron a unos cuantos salvajes, pero ninguno de gravedad. Los salvajes, más inteligentes de lo que en un principio se podría pensar, se cubrieron y empezaron a zigzaguear cuando un segundo grupo de flechas cayó encima de ellos, con menos fortuna aún que el primer grupo. Mientras tanto, otro grupo que había permanecido en la retaguardia salió del bosque portando un árbol inmenso, sin duda con la intención de usarlo como ariete. Aquello me sorprendió; en mis encuentros con salvajes nunca habían mostrado esa inteligencia, como si no fuesen capaces de aprender o evolucionar.

 

El ariete golpeó con fuerza la puerta de entrada, que aguantó a duras penas. Otra lluvia de flechas cayó encima de los salvajes que portaban el tronco, consiguiendo matar a un par que enseguida fueron remplazados. El campamento estaba perdido…

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 10

Algo pasó cerca de mi y me sacó de mis recuerdos para volver a la realidad. Un enorme salvaje, armado con un garrote tan grande como mi pierna, se deslizaba sigilosamente, cerca de mi posición, hacia el fortín. Parecía que iba a ser un asalto en toda regla al campamento. Por mi derecha distinguí a dos más. Luego, en silencio y lentamente, observé hacia todos los lados y descubrí a un número que oscilaba entre 15 y 20 por la zona donde yo me encontraba. Malo. No tardaría alguno en acercarse a mi posición y mirar para donde yo estaba. Me quedé sin moverme durante un tiempo que se me antojó interminable, maldiciendo mil veces mi falta de previsión al no traer más arma que un cuchillo. Los salvajes siempre atacaban por la noche, así que me tendría que esperar a que empezase el ataque para poder escabullirme. Sólo era cuestión de tener suerte y esperar.

 

Seguí en mi posición, mientras veía como los salvajes se posicionaban. Nunca había visto tantos, de hecho, según lo que me habían contado y mi propia experiencia repeliendo un ataque en el campamento solían atacar en grupos de entre siete y veinte, nunca tantos. En la ladera de la montaña donde me encontraba contaba a treinta, y en las cercanías del campamento había por lo menos quince a cada lado. Era como si de repente varias de las tribus que vivían en las montañas se hubiesen unido para hacer frente a un enemigo común. Y eran demasiados para que el campamento sobreviviese. Por mi perfecto, la mayoría de los del campamento no merecían vivir, aunque… si había gente que lo merecía. Intenté deshacerme de la imagen de Ana, de Leroy, de Gustav, de Angie... devorados por los salvajes. Pero, ¿qué podía hacer yo sin armas? Ni siquiera avisarles les salvaría. No, lo mejor sería irme cuando estuviesen en medio de la batalla. Aunque ello acabaría con lo poco que me quedaba de humanidad. Mientras me debatía en que hacer, las horas pasaban y empezó a caer la noche, el momento perfecto para atacar. Los salvajes empezaron a moverse inquietos y a gruñir, y tras un grito de guerra proferido por el gigante que me había sacado de la ensoñación anteriormente, cargaron hacia el campamento…

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Invierno el jardín de La Parca - Capítulo 9

Alcancé la salida cuando ya había bajado el sol y la oscuridad  se adueñaba de todo. Escuchaba a Ana, Fran y Don susurrarme que les sacase mientras observaba agachado a mi alrededor.  Un par de salvajes parecían montar guardia en el primitivo campamento, pero no cerca del agujero. Las construcciones eran poco más que cuatro troncos amontonados y un techo de ramas entrelazadas, y no eran más de diez casas. Agucé mi oído y, después de ignorar los susurros que salían del agujero apremiándome a que les sacase de allí, me puse a escuchar. No parecía que hubiese nadie despierto, a excepción de los guardias, así que empecé a deslizarme sigilosamente en dirección al bosque. Desde lo de Edgar había decidido no volver a  hacerme cargo de nadie, y eso iba a hacer.

 

Una flecha ardiente cruzó el cielo nocturno, impactando en una de las casas de los salvajes. A esa les siguió unas cuantas más y, antes de que nadie pudiese reaccionar, vi como uno de los guardias caía muerto atravesado por una flecha mientras otro era atacado por una sombra que había salido del bosque. Al mismo tiempo, otras sombras salieron alrededor del campamento, corriendo con antorchas e incendiando todas las casas por donde pasaban.  En aquel caos, una de las sombras se dirigió hacia mi enarbolando un garrote. Antes de que pudiese armar su brazo para golpearme, lancé una patada directa a su plexo, lo que hizo que su arma se deslizase de su mano. Cuando el salvaje se recuperó del golpe, ya tenía el garrote en mis manos y observó estúpidamente como le hundía la cabeza con el. Cerca había una de las sombras del bosque, dándome cuenta de que era un ser humano normal y corriente, armado con un machete. No hice ningún ademán amenazante, aunque estaba preparado para atacarle. El me miró y me preguntó donde estaban los otros, a lo que contesté señalando el pozo. Sin dejar de mirarme, llamó a dos personas, Quentin y Leroy, y después de decirme con un tono amenazante que no me moviera, fue hacia el agujero con los otros.

 

El campamento había sido arrasado en menos de cinco minutos y de los habitantes sólo quedaban los muertos, si bien alguno había conseguido escapar. Los atacantes, once personas, se encontraban prácticamente en perfectas condiciones, sólo unos cuantos con heridas superficiales, ya que los salvajes estaban en su mayoría demasiado aturdidos como para poder plantarles cara. Observaba como sacaban a los prisioneros recostado en un árbol. Cuando sacaron a la chica se fundió en un beso con el que parecía el líder, el tipo que me había dicho que no me moviese. Al acabar, y tras hablar un momento, el mayor de los prisioneros, Fran, me localizó y señaló. Las cabezas se giraron y vi como el jefe decía algo y, seguido de los llamados Quentin y Leroy, se dirigió hacia mi…   

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres