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Güebona bitácora más que peich...

Un Día Cualquiera -- Capítulo 12

¿Negra? En ese momento no me fijé en el arma, sólo vi que era negra. Totalmente negra, con el cabello blanco. Entonces vi el arma. Me apuntaba con una pistola. Estaba nerviosa, así que levanté las manos lentamente, mientras decía que se tranquilizase. Ella me miraba sin articular palabra, con el tembloroso cañón apuntándome. Intenté no hacer ningún movimiento brusco cuando me dio una punzada de dolor el hombro, pero la mueca que se dibujó en mi rostro debió tener un efecto tranquilizador, ya que la mujer empezó a bajar la pistola. Entonces el dolor aumento y volví a ver todo negro.

Cuando me volví a despertar, estaba otra vez en la cama y era totalmente de día. No podría decir cuanto tiempo había pasado, pero el dolor era menor y el vendaje había sido cambiado. No me volvería a levantar, así que dije un "hola" en voz alta, rozando el grito. Era obvio que quien fuese que me había vendado no quería hacerme daño, así que me relajé mientras esperaba que viniese alguien. Y entonces entró ella. No lo había soñado, era una mujer joven de piel negra. Mejor dicho, ahora que la veía con más luz, su tono de piel era más un púrpura muy oscuro, como sangre seca. Su cabello era totalmente blanco y cuando me miró me di cuenta de que sus ojos eran de color rojo. Evidentemente, no era un ser de este mundo, o, al menos, del mundo que yo conocía.
Entonces le dije un "hola, que tal" o una chorrada así. Ella no me contestó, solamente me miró con sus extraños ojos rojos y se sentó a mi lado. Llevaba una camiseta demasiado grande para su cuerpo menudo. A pesar de eso, debía ser fuerte, porque me había arrastrado a la cama. ¿O no estaba sola? Me sacó de mis ensoñaciones el tacto de su mano en mi hombro herido, obligándome a tumbarme. Mientras retiraba la venda para examinar mi herida intentaba hablar con ella, pero lo máximo que conseguí fue que me mandase callar poniendo el dedo en su labios. Mi herida quedó al descubierto, vi como sonreía, recogía una gasa que había encima de la mesilla y empezaba a limpiarme la herida, sacando una cantidad increíble de pus al presionarme un poco. Siguió limpiándome y luego me volvió a vendar. Después se levantó y, justo antes de salir, se volvió hacia mí y me dijo "descansa" con una voz que se me antojó como la más musical que había escuchado jamás.

Durante varios días la rutina fue siempre la misma, pero ella no volvió a hablarme ningún día más, hasta que un día tuve fuerzas suficientes y me levanté, dirigiéndome al salón.

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