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Güebona bitácora más que peich...

Un Día Cualquiera -- Capítulo 27

Estaba en el salón de la casa rodeado del grupo que había salvado de la muerte. Y como agradecimiento, me habían desarmado y atado las manos. El tío del machete me hacía preguntas acerca de donde venía, porque estaba tan armado, porque había pasado esto... Como respuesta, sólo obtenían mi mirada de odio y, de vez en cuando, hablaba para decirles que me soltasen. Habría colaborado con ellos, habría contestado a las preguntas a las que tuviese respuesta, pero... pero al entrar al salón había encontrado a Edgar muerto. Le habían matado. La visión de su cabeza cercenada a sangre fría hizo que no me diese cuenta de como me golpeaban por detrás hasta que caí al suelo. Sin embargo, no me dejaron inconsciente, pero el shock hizo que no me rebelase cuando me ataban. Al salir de mi estado, sólo tenía una rabia asesina. Miraba como hablaban entre ellos, como me preguntaban y como el del machete de vez en cuando se acercaba para pegarme. Sólo parecían estar en contra uno de los hombres, que intentaba parar la locura colectiva, pero que acabó por echar la toalla cuando se vio impotente, y la histérica y el niño, que no hacían más que llorar diciendo que eso no estaba bien. "Vosotros dos... y tú", dije, dirigiéndome a los tres, "iros de aquí. Iros a otra habitación. No tenéis por que presenciar esto". Mi rabia crecía, y no quería que saliesen heridos. El hombre del machete me golpeó la cara mientras me decía que me callase. Mi nariz empezó a gotear sangre, pero no me dolía. No me dolía nada. Esa era mi ventaja. Todo era cuestión de tiempo.

Llegó la noche y me dejaron con el otro hombre para que me vigilase. Estaba armado con una escopeta. Malo. Observé al hombre. Tendría cuarenta y tantos y no estaba en demasiada buena forma. También estaba muy nervioso. Bien, hora de empezar el espectáculo. Me quedé quieto, alargando mi cuello y girando mi cabeza ligeramente. Estuve así el tiempo suficiente como para que el hombre me preguntase que qué estaba haciendo. "Escuchar", contesté. "¿Qué escuchas?", preguntó, a lo que contesté que nada. El hombre pareció tranquilizarse cuando volví a intentar dormir. Al cabo de un rato volví ha hacer lo mismo, y cuando me volvió a preguntar contesté que nada, pero esta vez con una voz más dubitativa. Y me volví a intentar dormir, vigilando con los ojos entreabiertos el creciente malestar y nerviosismo del hombre. Sudaba mucho y movía la cabeza intentando escuchar algo. Cuando le vi suficientemente nervioso, volví a abrir los ojos y a escuchar la noche. "¡¿Qué pasa?!" preguntó el hombre, con la cara lívida de miedo. "Nada," contesté yo, "los muertos vienen a reclamar a los vivos". La cara desencajada del hombre y el gritito que profirió reconfortó mi alma. Se levantó de la silla como impulsado por un resorte y se dirigió hacia las habitaciones, para avisar al resto, dejándome sólo en el salón. Jaque... ahora tenía que conseguir el mate.

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