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Güebona bitácora más que peich...

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 12

Mientras veía como atacaban me seguía preguntando como debía actuar. El instinto de supervivencia insistía para que me fuese, pero realmente quería ayudar, aunque no sabía como. Un salvaje acababa de trepar la empalizada y, antes de llegar al otro lado, caía con una flecha atravesándole la cabeza. Otro había conseguido subir y entrar en el campamento, enarbolando un garrote mientras atacaba a un grupo de arqueros. Estos le lanzaron unas cuantas flechas, pero sólo le alcanzaron un par y ninguna con gravedad. El salvaje lanzó su garrote contra el primer arquero, que interpuso torpemente el arco entre el y su atacante, estallando en mil pedazos al ser golpeado brutalmente por el garrote, aunque al menos consiguió desviar el golpe. Decidí que ya había visto bastante y me levanté con la idea de ir hacia el campamento.

 

No iba a poder ayudarles a vencer a los salvajes, pero al menos intentaría sacar a los que pudiese de la trampa mortal que suponía ahora el campamento. Me dirigí hacía el lado derecho del campamento, donde actualmente había menos salvajes, que estaban demasiado ocupados gritando y atacando como para mirar hacia atrás o escucharme. Llegué hasta detrás de los salvajes y, sacando el cuchillo, cogí al que tenía mas cerca por detrás y le abrí una segunda boca en el cuello antes de que pudiese siquiera actuar. Recogí el garrote que llevaba el muerto y, enarbolándolo con mi mano derecha sobre mi cabeza, descargué un golpe a otro desprevenido salvaje, hundiéndole su amorfa cabeza. Cuando cayó al suelo un par de salvajes se dieron cuenta de que les estaban atacando por la retaguardia, aunque no tuvieron tiempo a dar la voz de alarma. Con mi mano derecha golpeé al salvaje que tenía al alcance en la cara, mientras lanzaba el cuchillo con mi mano izquierda al salvaje más alejado. El cuchillo se clavó en su pecho, aunque sin matarle. De una zancada acorté la distancia que nos separaba y, mientras pasaba a su lado, mi mano recuperó el cuchillo, saliendo de su pecho fácilmente entre borbotones de sangre. Entonces empecé una danza mortal, girando a través de los salvajes lanzando golpes y cortes conforme avanzaba, sin importarme demasiado si me herían o no. Por suerte para mi, apenas tuve un par de alcances en los brazos, mientras ellos, sorprendidos tanto por mi aparición como por mi maniobra, se habían llevado la peor parte. Cuando llegué al lado de la empalizada solté el garrote y salté, asombrándome, como hacía siempre después de mi “enfermedad” ante mis capacidades, cuando llegué con las manos a agarrarme a la parte superior de la empalizada. Tensé los músculos de mis brazos y, haciendo un esfuerzo, me impulsé para pasar por encima de la valla, con tanta fuerza que caí dos metros alejado del muro dentro del campamento, cerca del salvaje que había entrado antes que yo. Me alcé lentamente y….

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