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Güebona bitácora más que peich...

Un Día Cualquiera -- Capítulo 19

Avanzábamos sin pausa a buen ritmo. Yo abría la marcha con la escopeta en los brazos, con Edgar detrás mirando hacia los lados y hacia atrás nerviosamente. Íbamos por el centro de las calles, blancos perfectos para francotiradores pero menos perfectos para muertos agazapados en portales. Ya no lloviznaba, pero las nubes seguían siendo tan densas como recordaba. Edgar de repente me cogío del brazo y señaló hacia un lado de la calle. Allí había un par de muertos andantes caminando en la misma dirección que íbamos nosotros. Me giré y le dije que se tranquilizase, y señalé hacia una calle lateral. Rodearíamos a los muertos. No tenía ganas de ningún enfrentamiento, y unos disparos en una ciudad tan silenciosa se oirían a bastante distancia.

Nos encaminamos sigilosamente por la calle lateral, vigilando de reojo que los muertos no nos oyesen o viesen. Cuando los perdí de vista parecía que no nos hubiesen detectado, así que suspiré aliviado y tras decir a mi compañero que había pasado el peligro, seguimos avanzando, está vez callejeando por calles más estrechas. Cada poco tiempo revisaba el mapa. Realmente era una vuelta más grande de lo que esperaba, pero bueno, media hora más de viaje me parecía un precio aceptable por evitar una confrontación. Cuando tuvimos hambre paramos un momento delante de una tienda de comestibles china y, tras comprobar que no había peligro, entramos a comer y beber algo. Llevaba provisiones, pero prefería guardarlas para cuando las necesitásemos. Mientras comíamos le di a Edgar una de las pistolas y un par de cargadores, así como unas nociones básicas basadas en mi corta experiencia con las armas de fuego. A él se le iluminaron los ojos cuando se vio armado, seguramente al sentirse más seguro. Estuvimos hablando un poco, mejor dicho, yo hablé y el escribió, enterándome así que era ecuatoriano y que había tenido una experiencia parecida a la mía, pero al revés que yo el se había escondido en un supermercado, y allí seguiría si no fuese porque un día le encontraron unos muertos y, aunque al principio no pudieron entrar, al final se reunieron muchos y consiguieron echar la puerta abajo. Edgar consiguió huir subiendo al tejado y saltando a un edificio contiguo, armado con un bate de béisbol. Eso había sido hacia tres días, y desde entonces se había enfrentado a un par de muertos, el último de los cuales había sido poco antes de haberme encontrado. Cuando acabé de leer su historia le dije que debíamos irnos ya, así que nos levantamos, cogí unos paquetes de chicles y seguimos nuestro camino.

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