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Güebona bitácora más que peich...

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 0

El amanecer iluminó mis ojos, abriéndose molestos con la claridad. Al desperezarme noté como mis músculos no protestaban, a pesar del castigo realizado el día anterior. Serrar el árbol, cortarlo, prepararlo y llevarlo al refugio había sido costoso pero, como ya había constatado varias veces, el veneno que aun corría por mis venas me habían hecho casi inmune al dolor, evitándome en aquella ocasión molestas agujetas. Miré a la pared. Había un burdo calendario, confeccionado por mí, y vi el día. Martes. Al levantarme noté el frío entrando por las rendijas. Hoy empezaba el invierno y, sin duda, dentro de poco tiempo caerían las primeras nevadas. Recogí mi ropa y salí al exterior.

 

En el cielo no había nubes, pero hacía bastante frío. Desde la entrada de la cueva miré hacia abajo y vi el corral y el huertecillo. Luego saqué los prismáticos y miré hacia el bosque y el resto de la montaña. Sin novedad. Empecé a descolgarme por la montaña y, cuando llegué al fondo, comprobé como estaban las gallinas, los conejos y el par de cerdos que había conseguido atrapar hacía ya seis meses. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que me levanté aquel fatídico martes? Iba a cumplir mi segundo invierno en la montaña y, aunque al principio fue difícil, había conseguido no sólo sobrevivir sino también prosperar. En la cueva había un pequeño manantial que me abastecía de agua potable y, si bien desde fuera no se veía nada, poco después de la entrada de la misma había construido un muro con ladrillos sacados de casas de campo y el pueblo más cercano, que me aislaba del frío. Para subir los ladrillos, la puerta y cosas como colchones, sillas y demás había ideado un sistema de poleas que me permitía subir el peso y meterlo en la cueva. Es sorprendente como la adversidad agudiza el ingenio.

 

Cogí un par de huevos de las gallinas, les rompí la parte superior y me los bebí sin demasiado entusiasmo, mientras daba de comer a los animales. Cuando acabé la tarea, volví a subir a la cueva y, tras coger un cuchillo, bajé otra vez. Empecé a hacer mis estiramientos diarios y mis ejercicios de calentamiento, y salí a correr por el bosque...

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