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Güebona bitácora más que peich...

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 13

Observé como el salvaje alzaba su garrote y se lanzaba a por mí. Finté a mi adversario haciéndole creer que iba a ir hacia su lado izquierdo, y mientras se recuperaba le acuchillé el costado un par de veces, haciéndole cortes superficiales en las costillas. El salvaje giró hacia mi nueva posición rápidamente y le volví a acuchillar, está vez en la cara. El cuchillo se quedó alojado en su mejilla, lo solté y giré sobre mi mismo como una peonza hacia la izquierda mientras bajaba mi cuerpo y proyectaba mi pierna derecha, golpeándole en el talón derecho y haciéndole caer. Al acabar el giró salté hacia él, flexionando mis piernas al máximo y soltándolas con toda mi fuerza sobre su pecho. Este se hundió con un horrible crujido, lo que le supuso la muerte instantánea. Me aparté de mi adversario y miré hacia el campamento. Alguno de los arqueros supervivientes me había reconocido, aunque no me dijeron nada. Supongo que en momentos críticos cualquier ayuda es bien recibida, aunque sea de un enemigo. Mientras me agachaba para recuperar mi cuchillo, seguí observando como estaba la situación. Las puertas estaban a punto de reventar por las embestidas de los salvajes y por los agujeros asomaban aquellos malditos seres. Me acerqué al grupo de arqueros y les dije que siguiesen lanzando flechas al otro lado de la empalizada, pero no reaccionaron, así que me agaché y recogí un arco de uno de los muertos. Saqué una flecha de la aljaba, la dispuse en el arco, apuntando a un salvaje que asomaba por un agujero en la puerta y disparé. La flecha dio en el blanco aunque no mortalmente, maldiciéndome por no haber practicado más en el bosque. Pero mi acción consiguió hacer reaccionar a los supervivientes, preparándose de nuevo para disparar. No me quedé a ver como disparaban, pues ya tenía nuevos objetivos a mi vista. Un grupito se había colado trepando por el otro lado del campamento y atacaban al grupo que comandaba la defensa. John intentaba proteger a Ana de uno de ellos, mientras Quentin y Angie se enfrentaban a otros cuatro. Con media sonrisa, corrí hacia allí…

Invierno en el jardín de La Parca -- Capítulo 12

Mientras veía como atacaban me seguía preguntando como debía actuar. El instinto de supervivencia insistía para que me fuese, pero realmente quería ayudar, aunque no sabía como. Un salvaje acababa de trepar la empalizada y, antes de llegar al otro lado, caía con una flecha atravesándole la cabeza. Otro había conseguido subir y entrar en el campamento, enarbolando un garrote mientras atacaba a un grupo de arqueros. Estos le lanzaron unas cuantas flechas, pero sólo le alcanzaron un par y ninguna con gravedad. El salvaje lanzó su garrote contra el primer arquero, que interpuso torpemente el arco entre el y su atacante, estallando en mil pedazos al ser golpeado brutalmente por el garrote, aunque al menos consiguió desviar el golpe. Decidí que ya había visto bastante y me levanté con la idea de ir hacia el campamento.

 

No iba a poder ayudarles a vencer a los salvajes, pero al menos intentaría sacar a los que pudiese de la trampa mortal que suponía ahora el campamento. Me dirigí hacía el lado derecho del campamento, donde actualmente había menos salvajes, que estaban demasiado ocupados gritando y atacando como para mirar hacia atrás o escucharme. Llegué hasta detrás de los salvajes y, sacando el cuchillo, cogí al que tenía mas cerca por detrás y le abrí una segunda boca en el cuello antes de que pudiese siquiera actuar. Recogí el garrote que llevaba el muerto y, enarbolándolo con mi mano derecha sobre mi cabeza, descargué un golpe a otro desprevenido salvaje, hundiéndole su amorfa cabeza. Cuando cayó al suelo un par de salvajes se dieron cuenta de que les estaban atacando por la retaguardia, aunque no tuvieron tiempo a dar la voz de alarma. Con mi mano derecha golpeé al salvaje que tenía al alcance en la cara, mientras lanzaba el cuchillo con mi mano izquierda al salvaje más alejado. El cuchillo se clavó en su pecho, aunque sin matarle. De una zancada acorté la distancia que nos separaba y, mientras pasaba a su lado, mi mano recuperó el cuchillo, saliendo de su pecho fácilmente entre borbotones de sangre. Entonces empecé una danza mortal, girando a través de los salvajes lanzando golpes y cortes conforme avanzaba, sin importarme demasiado si me herían o no. Por suerte para mi, apenas tuve un par de alcances en los brazos, mientras ellos, sorprendidos tanto por mi aparición como por mi maniobra, se habían llevado la peor parte. Cuando llegué al lado de la empalizada solté el garrote y salté, asombrándome, como hacía siempre después de mi “enfermedad” ante mis capacidades, cuando llegué con las manos a agarrarme a la parte superior de la empalizada. Tensé los músculos de mis brazos y, haciendo un esfuerzo, me impulsé para pasar por encima de la valla, con tanta fuerza que caí dos metros alejado del muro dentro del campamento, cerca del salvaje que había entrado antes que yo. Me alcé lentamente y….

Vuelta a la vida virtual

¡Por fin! ¡Ya vuelvo a tener conexión a Internet! Después de un tiempecillo (sólo dos años y pico) vuelvo a tener una adsl. Esto significa que podré actualizar más esto, ya que hasta ahora solo podía subir artículos desde el trabajo y apenas podía ocuparme de la bitácora, aunque la sequía de artículos de este mes se debe a la mudanza, que me  absorbe casi todo el tiempo, pero Marzo será más productivo. Permanezcan atentos a sus pantallas.

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 11

Era el momento de darse la vuelta e irse a mi refugio, cuando acabasen de pasar por mi lado. Al cabo de unos segundos dejaron de pasar y vi que debían ser al menos cien, sin duda una masacre. Miré hacia el campamento una última vez y vi como empezaban a salir de las cabañas, alterados por lo que oían decir a los vigías, aunque sobretodo, imaginaba, de los gritos proferidos por los salvajes. Se que tenía que irme, pero lo único hacía era quedarme allí quieto, observando todo, con una macabra fascinación.

 

El primer ataque fue repelido sobretodo gracias a la recia empalizada que rodeaba al campamento, impidiendo que los salvajes entrasen dentro. Un grupo de flechas salido desde dentro hirieron a unos cuantos salvajes, pero ninguno de gravedad. Los salvajes, más inteligentes de lo que en un principio se podría pensar, se cubrieron y empezaron a zigzaguear cuando un segundo grupo de flechas cayó encima de ellos, con menos fortuna aún que el primer grupo. Mientras tanto, otro grupo que había permanecido en la retaguardia salió del bosque portando un árbol inmenso, sin duda con la intención de usarlo como ariete. Aquello me sorprendió; en mis encuentros con salvajes nunca habían mostrado esa inteligencia, como si no fuesen capaces de aprender o evolucionar.

 

El ariete golpeó con fuerza la puerta de entrada, que aguantó a duras penas. Otra lluvia de flechas cayó encima de los salvajes que portaban el tronco, consiguiendo matar a un par que enseguida fueron remplazados. El campamento estaba perdido…

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 10

Algo pasó cerca de mi y me sacó de mis recuerdos para volver a la realidad. Un enorme salvaje, armado con un garrote tan grande como mi pierna, se deslizaba sigilosamente, cerca de mi posición, hacia el fortín. Parecía que iba a ser un asalto en toda regla al campamento. Por mi derecha distinguí a dos más. Luego, en silencio y lentamente, observé hacia todos los lados y descubrí a un número que oscilaba entre 15 y 20 por la zona donde yo me encontraba. Malo. No tardaría alguno en acercarse a mi posición y mirar para donde yo estaba. Me quedé sin moverme durante un tiempo que se me antojó interminable, maldiciendo mil veces mi falta de previsión al no traer más arma que un cuchillo. Los salvajes siempre atacaban por la noche, así que me tendría que esperar a que empezase el ataque para poder escabullirme. Sólo era cuestión de tener suerte y esperar.

 

Seguí en mi posición, mientras veía como los salvajes se posicionaban. Nunca había visto tantos, de hecho, según lo que me habían contado y mi propia experiencia repeliendo un ataque en el campamento solían atacar en grupos de entre siete y veinte, nunca tantos. En la ladera de la montaña donde me encontraba contaba a treinta, y en las cercanías del campamento había por lo menos quince a cada lado. Era como si de repente varias de las tribus que vivían en las montañas se hubiesen unido para hacer frente a un enemigo común. Y eran demasiados para que el campamento sobreviviese. Por mi perfecto, la mayoría de los del campamento no merecían vivir, aunque… si había gente que lo merecía. Intenté deshacerme de la imagen de Ana, de Leroy, de Gustav, de Angie... devorados por los salvajes. Pero, ¿qué podía hacer yo sin armas? Ni siquiera avisarles les salvaría. No, lo mejor sería irme cuando estuviesen en medio de la batalla. Aunque ello acabaría con lo poco que me quedaba de humanidad. Mientras me debatía en que hacer, las horas pasaban y empezó a caer la noche, el momento perfecto para atacar. Los salvajes empezaron a moverse inquietos y a gruñir, y tras un grito de guerra proferido por el gigante que me había sacado de la ensoñación anteriormente, cargaron hacia el campamento…

Preestreno de Apocalypto

Preestreno de Apocalypto

Ayer por la noche fui al preestreno de una película que tenía muchas ganas de ver, Apocalypto, del polémico Mel Gibson, cuyas últimas declaraciones sobre los judíos hacen adivinar la catadura de Mad Mel. La película, en mi desconocimiento, suponía que iba a ir más de la cultura maya, de sus guerras entre las ciudades estado y de cómo desaparecieron (más bien, se disgregaron) mucho antes de que los conquistadores llegasen a América.

 

La verdad es que la película no pasa de ser una película de acción al uso, con un protagonista, Garra de Jaguar que es el “elegido”, el héroe de la historia que es sacado a la fuerza de su pueblo de la jungla para ser llevado a la que yo modestamente creo, y por eso de no salirnos demasiado de los hechos históricos, ciudad de Tayasal. Allí, y después de haberse salvado por pura casualidad, el protagonista consigue huir, matando al hijo del jefe malo, el cual jura venganza y demás, empezando una persecución que va a durar lo que queda de película.

 

A pesar de lo sencillo del argumento y de la decepción inicial, la película cumple su cometido a la perfección, es decir, entretener, ya que intercala momentos francamente graciosos con secuencias de acción trepidantes, y si bien es previsible, el director-guionista se saca de la manga una sorpresa final. La dirección de los actores es correcta y estos están muy creíbles en sus papeles, sin duda gracias a una fantástica ambientación y caracterización. El desconocido actor Rudy Youngblood crea un Garra de Jaguar en todo momento creíble. ¿Ha nacido una nueva estrella? En cuanto al resto del casi desconocido casting, cumplen con nota, pero para algunos sea su primera y última película.

 

¿Defectos? A parte de lo comentado al principio, el abuso de la sangre del señor Gibson empieza a ser preocupante. De acuerdo que, por ejemplo, todo el momento de los sacrificios está bien traído que salgan escenas tan explícitas, pero hay momentos que me pareció un poco gratuito, de hecho hubo una escena que el cine se rió por lo exagerado de la sangre. Y cuando, en una escena supuestamente dramática y seria pasa eso es malo para el resto de la película. Suerte que la escena en cuestión se encuentra al final y no al principio, sino hubiese sido un Braindead o algo similar.

 

Resumiendo, y ya para finalizar, la película no es para tirar cohetes pero si se deja ver si no se pone un listón demasiado alto, y desde luego es un producto superior a la media del cine que se hace actualmente, aunque sólo sea por lo arriesgado del proyecto. Así que no me seáis remolones e id al cine, que al menos está merece pagar por verla. Eso si, absténganse estómagos blandos y gente a la que no le guste leer subtítulos (aunque tampoco hay que leer tanto). Avisados estáis.

Invierno el jardín de La Parca - Capítulo 9

Alcancé la salida cuando ya había bajado el sol y la oscuridad  se adueñaba de todo. Escuchaba a Ana, Fran y Don susurrarme que les sacase mientras observaba agachado a mi alrededor.  Un par de salvajes parecían montar guardia en el primitivo campamento, pero no cerca del agujero. Las construcciones eran poco más que cuatro troncos amontonados y un techo de ramas entrelazadas, y no eran más de diez casas. Agucé mi oído y, después de ignorar los susurros que salían del agujero apremiándome a que les sacase de allí, me puse a escuchar. No parecía que hubiese nadie despierto, a excepción de los guardias, así que empecé a deslizarme sigilosamente en dirección al bosque. Desde lo de Edgar había decidido no volver a  hacerme cargo de nadie, y eso iba a hacer.

 

Una flecha ardiente cruzó el cielo nocturno, impactando en una de las casas de los salvajes. A esa les siguió unas cuantas más y, antes de que nadie pudiese reaccionar, vi como uno de los guardias caía muerto atravesado por una flecha mientras otro era atacado por una sombra que había salido del bosque. Al mismo tiempo, otras sombras salieron alrededor del campamento, corriendo con antorchas e incendiando todas las casas por donde pasaban.  En aquel caos, una de las sombras se dirigió hacia mi enarbolando un garrote. Antes de que pudiese armar su brazo para golpearme, lancé una patada directa a su plexo, lo que hizo que su arma se deslizase de su mano. Cuando el salvaje se recuperó del golpe, ya tenía el garrote en mis manos y observó estúpidamente como le hundía la cabeza con el. Cerca había una de las sombras del bosque, dándome cuenta de que era un ser humano normal y corriente, armado con un machete. No hice ningún ademán amenazante, aunque estaba preparado para atacarle. El me miró y me preguntó donde estaban los otros, a lo que contesté señalando el pozo. Sin dejar de mirarme, llamó a dos personas, Quentin y Leroy, y después de decirme con un tono amenazante que no me moviera, fue hacia el agujero con los otros.

 

El campamento había sido arrasado en menos de cinco minutos y de los habitantes sólo quedaban los muertos, si bien alguno había conseguido escapar. Los atacantes, once personas, se encontraban prácticamente en perfectas condiciones, sólo unos cuantos con heridas superficiales, ya que los salvajes estaban en su mayoría demasiado aturdidos como para poder plantarles cara. Observaba como sacaban a los prisioneros recostado en un árbol. Cuando sacaron a la chica se fundió en un beso con el que parecía el líder, el tipo que me había dicho que no me moviese. Al acabar, y tras hablar un momento, el mayor de los prisioneros, Fran, me localizó y señaló. Las cabezas se giraron y vi como el jefe decía algo y, seguido de los llamados Quentin y Leroy, se dirigió hacia mi…   

¡Hola, 2007!

Buenas a todos y todas de nuevo en este 2007. ¿Qué tal las reuniones familiares, el turrón, las indigestiones y las resacas? ¿Habéis sido buenos y os han traído muchas cosas Papa Noel o los Reyes Magos? ¿O habéis sido malos y os han traído carbón? A mi, personalmente, una de cal y otra de arena. Pero bueno, tampoco es cuestión de contar cosas, que luego todo se sabe (o no). Y si bien la cosa no pinta bien, prefiero morir libre que vivir sodomizado. Y hasta aquí puedo leer.

 

Enfins, tarjetita por aquí y a otra cosa mariposa; en este año con rima, después de un año sin ella pero que ha sido bueno para el blog, donde las visitas se han multiplicado por cuatro, siendo el mes de mayo el de más visitas. A ver si este año se mantiene el nivel, aunque el listón está bastante alto, al menos desde mi punto de vista, para este tipo de bitácora. Yo me he hecho el firme propósito de seguir  publicando cosillas y mejorar en lo que pueda, y espero que no sea como el resto de propósitos de nuevo año que generalmente se acaban incumpliendo. Hala, un saludito y nos seguimos leyendo.

Navidad en la güebona peich

“Dos mil tropecientos no se cuantos, mil eurooos” Así empieza el día de hoy, un día de ilusión, más que por la lotería, porque empiezan las vacaciones, y con ellas las reuniones familiares, los empachos, los buenos sentimientos y todas esas tonterías que una vez al año, dicen, no hace daño. También llega el momento de hacer recuento de lo hecho durante el año, para intentar mejorar o cambiar las cosas.

 

Así, la gente decide apuntarse al gimnasio, dejar de fumar o ser más generoso, quedándose casi siempre todo en agua de borrajas. Al final, vamos al gimnasio un mes y luego dejamos de ir porque nos cansamos. Claro, como la función de ir a un gimnasio es llegar a casa descansado, ¿verdad? En lo que se refiere al blog, no prometo nada, así no me pillo los dedos :D. Eso sí, he adquirido un compromiso cuando he visto las estadísticas del blog, y es que este 2006 se han cuadriplicado las visitas :D. Enfins, a todos los que leen esto y a todos los que aun no lo leen y posiblemente no lo lean jamás,  ¡Felices Fiestas y hasta el año que viene!

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 8

Desperté en un campamento de salvajes, en medio de la montaña. Estaba dentro de un tosco agujero, con tres de personas más. En ese momento aún no sabía que se llamaban Don, Ana y Fran. Ahora sólo veía a dos jóvenes de unos 25 años y a un hombre de unos 40, bastante sucios y con la desesperación marcada en sus facciones. En el agujero también había unos huesos humanos y de otras bestias que habían tenido la desgracia de cruzarse con los salvajes. Sin mediar palabra, me dirigí al amasijo de huesos y cogí un fémur en bastantes buenas condiciones, totalmente desprovisto de cualquier resto de carne. Ya tenía un arma, tosca sin duda, pero un arma al fin y al cabo.

 

El sonido de unos pasos chapoteando en el agua y la mierda que tenía como suelo aquel hoyo hizo que me girará, viendo a la mujer acercarse vacilante. Paró cuando vio el hueso en mi mano, aunque siguió mirándome intrigada. Antes de que abriese la boca le pregunté que quien era y que hacia aquí. Ella me contestó en mi idioma, aunque con un fuerte acento extranjero, que se llamaba Ana y que había sido capturada, junto a sus compañeros, por los Salvajes. Al parecer, la comida escaseaba cerca del campamento donde vivía con otros supervivientes y tuvieron que internarse en el territorio de unos seres que llamaban los Salvajes, y los que veía ahora eran los últimos supervivientes de la expedición, y que quedaba poco tiempo antes de que sacasen a otro de la jaula para devorarlo. Luego empezó a preguntar por mi historia, pero di evasivas, concentrado en descubrir una forma de escapar de allí.

 

Era un hoyo de unos cinco metros de profundidad y bastante escarpado, pero no para no poder escalarlo con las manos desnudas, aunque en el proceso era bastante fácil perder alguna uña o caerse, como había pasado ya a Don, como me señaló el mismo cuando pregunté si alguien había intentado escalar por la pared, torciéndose el pie al caer. Sin duda un contratiempo para sacarle de allí, pero no me importaba sacarle, sólo quería salir yo. Después de pensar un breve espacio de tiempo, se me ocurrió usar los huesos más afilados y resistentes para escalar la pared. Cogí unos cuantos y empecé a clavarlos en las grietas y en los puntos más blandos de la pared. A pesar de que muchas veces se resbalan y amenazaban con romperse, escalar la pared fue menos costoso de lo que en principio había parecido. Sólo un esfuerzo más y….

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 7

Fui interceptado por el garrotazo de un cuarto que no había visto y que se estrelló contra mi pecho, haciéndome retroceder un par de pasos. El primer atacante se había repuesto del fallo y lanzó un tercer garrotazo hacia mi, esta vez en trayectoria circular desde la derecha. Intercepté su brazo y lancé mi cuerpo hacia atrás, haciéndole perder el equilibrio y poniéndole en la trayectoria del segundo garrotazo del cuarto salvaje. Éste se estrelló en la espalda con mucha fuerza e hizo que mientras uno se estrellaba contra el suelo, el otro mirase perplejo como había fallado. Aproveché la situación y, tras recuperar el equilibrio, lancé un puñetazo a la cara lateralmente, que impacto contra su nariz,  crujiendo al romperse. Un tercer atacante (uno de los que iban con las manos desnudas)   se me abalanzó por el lateral, pero no llegó a tocarme, ya que una patada dirigida al plexo solar le hizo volar, cayendo sin aire. El cuarto, también en plenas facultades, vio mi maniobra y se lo pensó mejor, empezando una maniobra que tenía como finalidad ponerse detrás de mí. Volví  a golpear al de la nariz rota con una patada no demasiado refinada dirigida a su cabeza y  me di la vuelta hacia mi cuarto atacante, mirándole a los ojos mientras pateaba con saña a mi primer atacante, aun en el suelo aturdido por el golpe en la espalda.

 

Entonces pasó, una piedra golpeó mi cabeza y me hizo trastabillar. El cuarto atacante se lanzó encima de mí arrastrándome al suelo con el peso de su cuerpo. Un pie,  salido de algún lado,  se estrelló contra mi boca, haciéndome estallar el labio. A pesar de no sentir dolor, lo siguiente que recuerdo fue una lluvia de golpe y garrotazos, salidos de todos lados, que acabaron por dejarme fuera de combate. En el momento que perdía el sentido, lo único que sentía era paz…

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 6

Seguí observando el campamento durante una hora. Era agradable ver actividad humana, después de tanto tiempo sin ver a gente viva. Un movimiento rápido, una sombra en los árboles, distrajo mi atención del campamento. Bajé el catalejo e intenté avistar al oso o el animal que fuese que había captado de soslayo.  Mmm… ahí había algo. Apunté el catalejo hacia la sombra.

 

Lo primero que vi fue la tosca cabeza del Salvaje. Tenía el largo pelo sucio y greñudo, de un color negro. Su rostro no era visible por la posición en la que me encontraba respecto a él, pero eso era algo que agradecí. Me lo imaginaba jadeando, con los ojos inyectados en sangre,  con esa mueca horriblemente desencajada que mostraba todo miembro de esa maldita especie… aunque no era correcto decir que era otra especie. Sin duda, antes habían sido humanos normales, pero algo, posiblemente lo mismo que hizo que los muertos se levantasen, les afectó la mente, convirtiéndoles en seres sin cerebro con el único propósito de matar y comerse a todo ser vivo que se cruzará en su camino.

 

Recordaba la primera vez que los vi, al poco de instalarme en la cueva. Fue en uno de mis primeros paseos matutinos, justo cuando descubrí el avión. Al principio no los descubrí, escondidos como estaban, sin duda alertados de mi poco cuidadoso paso. Mientras examinaba los restos y me encontraba con los cadáveres parcialmente devorados, me asaltaron por detrás. Por suerte, sólo son sigilosos hasta que van a atacar, momento que suelen anunciar con un grito. Gracias a eso, el primero sólo golpeo mi hombro en lugar de hundirme la cabeza con el garrote. Detrás, un segundo y un tercero se abalanzaban con las manos desnudas, tan cegados por las ganas de matar que tropezaron entre ellos. Como hoy, mi única arma era un cuchillo que no me daba tiempo a sacar, así que aprovechando mí adquirida inmunidad al dolor me aparte de un brinco a la derecha mientras el salvaje volvía a descargar, en un torpe movimiento, el garrote donde debía tener la cabeza. Salté hacia delante y…

Disculpas por el parón

Buenas, ¿hay alguien ahí? Espero que sí.


Hace un mes que no escribo nada, básicamente porque se me han mezclado vacaciones con líos varios. Para evitar estos bajones en la web he puesto la opción de publicar artículo de forma pública, para que puedan colaborar algunos de los lectores habituales de este blog que me lo han pedido y cualquiera que me lo pida. Para aquellos que me lo pidieron, mis disculpas por no poner la posibilidad de publicar hasta hace unos pocos días, pero la verdad es que se me olvidó (ups). Y para aquellos que siguen el serial, también disculpas.

 

Actualmente estoy con el proyecto de migrar todo a una página totalmente desarrollada por mi (tengo media maqueta hecha ya), que no parezca tanto una página personal, como era la idea que tenía yo en un principio, cambiando quizás también el nombre de la página hacia algo más plural y menos personal(¿me repito con lo de personal?). Bueno, sea como sea, el próximo lunes prometo que volverán las andanzas de nuestro protagonista del serial y me ha dicho un pajarito que podremos encontrar la primera colaboración de un lector en breve. Permanezcan atentos a sus pantallas.

PD: Todo aquel que quiera colaborar (en ésta o en la futura web) que me envíe un email a zordak@ozu.es

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 5

Allí estaba. En la orilla más septentrional, unas cabañas construidas con diferente maestría  -¿había una cabaña nueva?- alrededor de una tosca empalizada me hicieron recordar que debía extremar mis precauciones. En esos momentos echaba de menos llevar una pistola, aunque era mejor así. No quería que un arma de fuego pudiese caer en aquellas manos.

 

Subí la montaña con pasos lentos y al amparo del bosque, hasta el que se convirtió en mi primer puesto de observación. Entre aquellos matorrales y con la enorme sombra de la montaña encima de mí no producía ningún tipo de reflejo. A pesar de que no era mi intención en un principio subir hasta el lago, como siempre llevaba encima un catalejo lo saqué  y observé.

 

Había un par de embarcaciones en la orilla, una similar a una balsa y otra tenía un aspecto más sofisticado, siendo una especie de catamarán destartalado. Las obras del muelle parecían no haber prosperado, y estaba como la última vez. Más allá estaba la empalizada, de unos tres metros de altura. Las puertas estaban cerradas, pero desde mi posición elevada eso me daba lo mismo para la observación del interior.

 

Sí había una cabaña más, más grande que las otras. ¿Un salón común? ¿Un almacén? Ya me enteraría. No veía movimiento. Raro, teniendo en cuenta que debía ser las 9 o las 10 de la mañana. De repente se abrió la puerta de la cabaña nueva y vi salir a… ¿Leroy?

Si, creo que se llamaba así. Después siguieron saliendo los demás. Mmm… Ana estaba ¿embarazada? ¿de John, quizás? Mala suerte para ella. No era mi problema. Ya no.  Ninguno lo era. No después del incidente…

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 4

No quería estar más tiempo en aquel lugar. A pesar de estar curtido ya con la muerte, estar al lado de aquel avión me recordaba la fragilidad de la vida. Me alejé encaminando mis pasos hacia el norte.

 

Llegué hasta la carretera que llevaba al embalse. ¿Me atrevería a subir? También podía bajar hacia el pueblo. Algo en mi mente me dijo que no lo hiciese, que subiese al embalse. Evitando la carretera, pero teniéndola siempre a la vista, comencé a correr por el bosque, en dirección al embalse.

 

La subida era dura en algunos sitios, sobretodo en los tramos que tenía que escalar para evitar la carretera, aunque llegué a la parte alta sin excesivos problemas. Desde la distancia a la que me encontraba divisaba  el valle y el lago artificial. No veía movimiento, así que continué hacia delante.

 

El paisaje era espectacular; abajo se divisaba el pueblo, escondido entre los árboles y la maleza que empezaba a invadirlo gracias a que no había actividad humana,  y el resto del frondoso bosque, con un pedazo sin vegetación, donde se encontraba el avión. Más allá, oculto tras una pequeña montaña, se encontraba mi refugio. Y el paisaje que se divisaba hacia el otro lado no era menos espectacular. Conforme avanzaba, se descubría el lago, cuya superficie reflejaba como un espejo las cimas de las montañas que lo bordeaban, cimas que mostraban ya las primeras nieves del año. El bosque, frondoso y de colores verdes y cobrizos, partía de las orillas hasta las zonas nevadas. Era hermoso, una visión que me impresionó gratamente el primer invierno que descubrí la zona. Un lugar de armonía perfecta, excepto por el campamento.

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 3

Me giré, preparado para enfrentarme a lo desconocido. Delante de mí tenía un lobo. Los lobos habían empezado a bajar de las montañas y recuperaban  las zonas que el hombre le había arrebatado. Ya me había enfrentado a alguno, y siempre había conseguido espantarles haciendo ruido con un disparo o bien les había dado esquinazo, pero nunca había dejado que se me acercasen tanto. Y estaba armado sólo con un cuchillo. Estaba en un problema.

 

El lobo estaba aparentemente solo, pero estaba tan cerca que no podía hacerme con el cuchillo sin miedo a que no me diese tiempo antes de que me atacase, así que no hice ningún movimiento brusco. Estuvimos contemplándonos un rato, midiendo las fuerzas de cada uno. Era una bestia magnífica, un ejemplar enorme y de una belleza increíble. Me mostraba sus afiladamente mortales dientes mientras decidía si atacar o no. Yo miraba fijamente sus ojos, intentando mostrar mi carencia de miedo e imponer mi voluntad a la suya. Si funcionaba en las películas no se porque no iba a poder funcionar en la realidad.

 

Saltó hacia mi cuello sin previo aviso, y sólo me dio tiempo a apartarme ligeramente a hacia un lado, dejando la dentellada mortal a pocos centímetros de mi cara. Casi al mismo tiempo, contraataque con un puñetazo lanzado con toda mi fuerza al costado del lobo cuando aun estaba cayendo del salto realizado. Esto hizo que el lobo se desplazase en el aire casi un metro y medio, más de lo que esperaba para un bicho tan grande. El lobo parecía sorprendido, y antes de volver a lanzarse volvió a sopesarme. Sin duda, el lobo era viejo, y tenía la suficiente experiencia para saber cuando una presa es fácil y cuando no. Yo por mi parte me quede en mi sitio, observando cual iba a ser su próximo movimiento. El lobo soltó un gruñido bajo y, cuando hubo comprobado que no le iba a atacar si el no me atacaba, se dio la vuelta y se fue por donde había venido. Me quede un rato observándole...

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 2

El avión estaba fuera de lugar en aquel lugar, dando un toque de irrealidad al bosque. Varios árboles yacían rotos alrededor y debajo de los restos, testigos mudos del accidente, mezclados enfermizamente con el fuselaje. Avancé con cautela, como cuando lo descubrí, observando la cola, intacta, donde se veía perfectamente el logotipo de la compañía. Dentro había descubierto cadáveres en bastante buen estado, aunque ningún zombi. Recordé como los había registrado, con bastante miedo, para después sacarlos y amontonarlos, preparándolos para quemarlos en una hoguera.

 

Seguí  avanzando hacía la parte delantera, totalmente destrozada, de la que sólo había podido recuperar trozos de personas, un par de maletas con ropa y poca cosa más. También recuperé la caja negra, cuya cinta había conseguido escuchar y con la que me podría haber hecho una idea de lo que había pasado, pero hablaban en un idioma que ni reconocía ni, por supuesto, entendía. Sólo se entendía una discusión, unas voces nerviosas y como, casi al final de la grabación, los pasajeros empezaban a gritar. Y, al final, se escuchaba, por debajo de los gritos, una risa profunda. Aquello me había puesto los pelos de punta, sobre todo después de escucharlo la segunda vez. Era la risa de uno de los pilotos.

 

¡GRRÑRR! Un gruñido salió a mi espalda.

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 1

Durante el tiempo que había transcurrido entre mi huída de la ciudad y el actual sólo me había encontrado con tres muertos vivientes, y los tres estaban encerrados dentro de una habitación, con lo que no me supusieron ninguna amenaza. Al principio tuve el impulso de acabar con ellos, pero lo pensé mejor, y, ya que estaban atrapados, los observaría, para ver tanto su comportamiento como el tiempo que podían durar “vivos”.

 

Los visitaba casi a diario al principio, cuando estaban más activos y al notar mi presencia parecían entrar en frenesí, arañando las paredes, la puerta y el cristal blindado por el que les observaba. La verdad, no se que hacían en ese sitio, porque no estaban dentro de una tienda. Era una habitación grande, con un cristal blindado con una malla metálica por la parte de los muertos y una puerta de metal cerrada a cal y canto. Se englobaba dentro de un laboratorio, donde parecía que experimentaban con algo más que animales. El laboratorio antes debía tener fuertes medidas de seguridad, pero ahora, sin energía, era fácil entrar casi en cualquier sitio.

 

Volví a ser consciente de mi entorno al cabo de unos tres o cuatro kilómetros. Estaba por la zona del avión y, como siempre, todos mis sentidos se pusieron alerta.

Invierno en el jardín de La Parca - Capítulo 0

El amanecer iluminó mis ojos, abriéndose molestos con la claridad. Al desperezarme noté como mis músculos no protestaban, a pesar del castigo realizado el día anterior. Serrar el árbol, cortarlo, prepararlo y llevarlo al refugio había sido costoso pero, como ya había constatado varias veces, el veneno que aun corría por mis venas me habían hecho casi inmune al dolor, evitándome en aquella ocasión molestas agujetas. Miré a la pared. Había un burdo calendario, confeccionado por mí, y vi el día. Martes. Al levantarme noté el frío entrando por las rendijas. Hoy empezaba el invierno y, sin duda, dentro de poco tiempo caerían las primeras nevadas. Recogí mi ropa y salí al exterior.

 

En el cielo no había nubes, pero hacía bastante frío. Desde la entrada de la cueva miré hacia abajo y vi el corral y el huertecillo. Luego saqué los prismáticos y miré hacia el bosque y el resto de la montaña. Sin novedad. Empecé a descolgarme por la montaña y, cuando llegué al fondo, comprobé como estaban las gallinas, los conejos y el par de cerdos que había conseguido atrapar hacía ya seis meses. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que me levanté aquel fatídico martes? Iba a cumplir mi segundo invierno en la montaña y, aunque al principio fue difícil, había conseguido no sólo sobrevivir sino también prosperar. En la cueva había un pequeño manantial que me abastecía de agua potable y, si bien desde fuera no se veía nada, poco después de la entrada de la misma había construido un muro con ladrillos sacados de casas de campo y el pueblo más cercano, que me aislaba del frío. Para subir los ladrillos, la puerta y cosas como colchones, sillas y demás había ideado un sistema de poleas que me permitía subir el peso y meterlo en la cueva. Es sorprendente como la adversidad agudiza el ingenio.

 

Cogí un par de huevos de las gallinas, les rompí la parte superior y me los bebí sin demasiado entusiasmo, mientras daba de comer a los animales. Cuando acabé la tarea, volví a subir a la cueva y, tras coger un cuchillo, bajé otra vez. Empecé a hacer mis estiramientos diarios y mis ejercicios de calentamiento, y salí a correr por el bosque...

Hace 5 años...

Estaba en el sofá esperando a que llegase la hora de comer. Mi madre se acercó a mi desde la cocina y me dijo “pon la tele, parece que una avioneta a chocado contra un edificio de Nueva York”. Como tenía la tele puesta, zapeé buscando un informativo y de repente lo encontré en el Canal Plus. Nada más verlo avisé a mi madre y le dije”eso no lo ha hecho una avioneta” y, a los pocos minutos, empezaban todos los informativos con la imagen de la torre ardiendo. Y cuando aun se estaban haciendo cábalas de si era un avión, una avioneta o a saber que, de repente un avión se mete en la pantalla, gira y se estrella contra la segunda torre, mientras Matías Prats dice “oh dios mío”. La pesadilla sigue viendo a la gente saltar de las torres y otra vez, de forma inesperada, salen las imágenes del Pentágono, con una de sus paredes destrozadas por un tercer avión. Ya no había duda, EEUU, la nación más poderosa del mundo, estaba sufriendo el mayor ataque terrorista de la historia. Una serie de noticias, fruto de la histeria, se suceden, de las cuales la mayoría fueron falsas. Nos informaron de cosas como un incendio en el aeropuerto de Los Ángeles, bombas en sitios estratégicos en zonas de EEUU, un avión estrellado, más aviones secuestrados, de las cuales la única cierta fue un avión estrellado, el vuelo 93, gracias a los pasajeros que se rebelaron. Pero la pesadilla no había acabado. La torre que había sufrido el segundo impacto se colapsó, cayendo entre un océano de polvo, humo, fuego y gritos de los espectadores. Al poco, la primera torre también sufrió la misma suerte. Había sido testigo de las imágenes que, hasta el momento, más me han impactado. Y, como dije en aquel momento, era testigo del principio de la tercera guerra mundial, la guerra contra el terrorismo, cuyo fin, por desgracia, aun no hemos visto ni ha llegado al cenit de su desarrollo.

 

Por todos aquellos que murieron ese día, por todos los que murieron después, y por todos los que aun quedan por morir, por todos los bandos posibles, guardemos un minuto de silencio.